Mozart… ¡a todo volumen!

 

Play it loud. Trent Reznor, vocalista de Nine inch Nails

El primer recuerdo sonoro fue el mundo partiéndose como cáscara de nuez. El segundo: Johannes Chrysostomus Theophilus Wolfgang Amadeus Mozart zarandeando el silencio de mis entrañas infantiles. El tercero oscila entre el soundtrack electro-bethoviano de Naranja Mecánica y la versión del maestrísimo Rigo Tovar de la canción “Vereda Tropical” en horas del desayuno. Pero lo que ha perseverado en mi memoria es la esencia del séptimo, mal encarado y raquítico hijo de Leopold Mozart: la belleza libre -una sentida disculpa a Kant por malversar su teoría de la estética-

Es lo menos que podía suceder después de escuchar las sinfonías, operas, conciertos, sonatas, adagios, serenatas y divertimentos que el Austriaco se dignara a compartirnos. Esa creación artística que desbordó a pesar de haber nacido en un siglo XVIII contradictorio, lleno de racionalismo e idealismo es invaluable en el desarrollo de la música. Una aportación al arte universal que lo mismo cristalizó en una sinfonía No. 41 Júpiter; un canon titulado Leck mir den arsch fern recht schön sauber -cuya traducción anatómicamente correcta, más no literal es: Lame el extremo inferior de la zona occipital de mi colma vertebral- o una opera como Las bodas de Figaro que fue sometida a la censura por el contenido político que causo algunos despiporres en Francia.

Si bien es cierto que Amadeus terminó en la pobreza y la fosa común como cientos de artistas; también podemos decir que vivió circunstancias favorables para su desarrollo -basta con que digamos que recibió influencia de la obra de Händel y Johann Sebastian Bach-. Admito que su genialidad me atrae como la carroña a la fauna nociva; cuanto mas si consideremos que en 1791, año de su muerte nuestro país vivía el ocaso del arte colonial y Manuel Tolsá con sus modelos de yeso era nombrado Director de la Academia de San Carlos; que la producción arquitectónica y plástica en Toluca era escasamente mediocre y que el Segundo Conde de Revillagigedo, apenas se dignaba a autorizar al Real Cuerpo de Ingenieros Militares de España la construcción del camino que conectaría la “tierradentro” toluqueña con la ciudad de México.

Le bastaron 35 años para trascender y 250 para seguir vigente; quizá a nosotros nos tome un instante ser indiferentes ante su obra, juzgarla con los más diversos adjetivos: vieja, anacrónica, aburrida, música de iglesia, pesada, hermética. Sin embargo, sólo me resta pedirles que se den el tiempo de disfrutar y sacudir el silencio que yace en sus adentros. No hay pretextos, esta semana saquen de su fonoteca, bajen de internet, pirateen o compren por menos de 40 pesos un disco original y recuerden: suban a todo el volumen para que las vibraciones, las notas, el universo de Wolfang que inunda lo real y ficticio con las mejores mareas los haga ¡trizas!

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