No todo lo que brilla en Francia es París

Francia se convulsiona. En los suburbios brota la violencia postergada de los inmigrantes y trabajadores contra los amos galos. Es comprensible si recordamos que los gobernantes de esa nación tienen un gran apego por las guillotinas y su pueblo al arrebato contra las imposiciones. Ecuación fatal y brillante. Sin embargo, lo convulso no es lo único que se me viene a la mente cuando pienso en su historia. El teatro, ese teatro cómico que llego a ser prohibido hace cuatro siglos por el Rey Luis XIII, so pena de multas o exilio a los actores, es lo que en realidad me da cuenta de su gran aportación a la cultura y el mundo literario.

Olvidemos pues, por el momento a los moros, Mitterrands o Sarkozys. Recordemos a Racine, Cornielle y Mollière. Bueno, por ahora solamente a Juan Bautista Poquelin cuyo nombre de batalla fue -por multiplicidad de razones y versiones- Molière. Actor, tapicero de la corte, director de escena y dramaturgo del calibre de Shakespeare y Cervantes; preso por deudas con una tienda de velas; protegido del serenísimo Rey Sol; asediado por la censura de la congregación secreta del Santo Sacramento; amante de actrices y esposo engañado. El mejor ejemplar de su especie. Por causa de su genialidad y treinta y tres piezas teatrales quedó insertó en la lexicografía el “ser un tartufo”. Por mi parte, prefiero ser un misántropo y enfermo imaginario que buscar la compañía de bellas ridículas.

Fue especialmente singular su afán de no terminar como forra muebles, en una época en la que el teatro era considerado un empleo bajo, mezclado de trabajo manual y sin el status de las artes plásticas o la poesía. Es suficiente conocer lo que opinaba Morvan Labesque de su trabajo para darse cuenta de la situación: “El autor dramático se entrega a su oficio, y se enfrenta a personas que le son a la vez inferiores, puesto que no crean , y superiores, ya que ese oficio lo conocen más vivamente, y no de biblioteca; el comentarista más sutil sabe menos sobre Hamlet que el actor que representa ese personaje, y en su propia carne descubre sus resortes… se concibe que estas servidumbres hayan cavado entre el teatro y la literatura un foso que algunos escritores temen franquear”. – ¡No lo ayudes compadre!-.

Más allá de lo literario o los comentarios intramusculares de mister Morvan, nos queda el aspecto intensamente humano de la obra molierista. Su lectura es el encuentro de un espejo en el que podemos contemplarnos a nosotros mismos; reírnos en toda el alma; mirar nuestro desamor, nuestra hipocresía y excesos sociales. El aprender a no juzgar la falta de virtud de los demás, sino ironizar la comodidad con la que dejamos de buscarla. Leámoslo, lo peor que puede pasar es que nos identifiquemos con la señora Pernelle, Valerio, Cleanto, Tartufo, el Señor Jourdain, la Marquesa Dorimena, Alcestes, Orontes, Argán, el Señor Diafoirus o nos atrevamos a representar el tercer acto de nuestras “tragicómicas” existencias a sabiendas que no habrá aplausos cuando baje el telón.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Diego Garciarivas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s