Montreal: jazz en Babel

-play it again Sam

La decisión de aventurarme al Festival Internacional de Jazz de Montreal la había “postergado” cerca de tres años. Finalmente, la semana pasada me lancé con oídos y ánimos caldeados a su edición número 29. Desde el inicio, el viaje adquirió matices que no me esperaba –afortunadamente- y comenzó a ponerse interesante desde el momento que casi tuve que presentar mi cartilla de vacunación a los servicios migratorios canadienses sólo porque deducían que, al llevar sólo una mochila, iba con la intención de engrosar las filas de los paisanos que van a partirse el lomo por esas tierras.

Una vez librado el asunto, tomé el camión y tres estaciones del metro para llegar al hotel. Cuando me registré la recepcionista mencionó que alguien había dejado un mensaje, al entrar a mi habitación abrí el sobre membretado y leí: “Bienvenido a Babel”. Instantáneamente imaginé una gran torre de betún y argamasa desmoronándose en medio del desierto –me gusta cuando las cosas colapsan-. Creí que era una especie de advertencia de lo que podría encontrar en los siguientes días, un titulo convincente para colocar en todas las postales de la ciudad de Montreal. Después de dejar la tarjeta sobre el buró murmuré –ya veremos.

Para los que no han leído o escuchado sobre el festival, brevemente les puedo mencionar que es uno de los eventos anuales más importantes del mundo del jazz en todas sus vertientes y de otros géneros musicales como el blues, bossa nova, hip hop, trip hop, fusión étnica y música alternativa mundial; por cuyos reflectores han pasado grandes gurús de la música y la cultura. Su dinámica es sencilla: se instalan diversos escenarios según el género musical y los patrocinadores en la zona de los teatros del downtown –para los que pensaban que el Vive Latino era original, pues niguas-, y se ofrecen durante once días de manera gratuita espectáculos que tienen la duración de una hora. Adicionalmente, se pueden comprar boletos para eventos presentados en los diferentes salas de conciertos de la Place de Arts.

Los tres primeros días fueron de para medir fuerzas, pues se requiere un poco de condición para caminar, permanecer parado y adaptarse al verano exuberante que se vive en la ciudad. Sin embargo, cada minuto vale cada gota gorda derramada, simplemente este año el festival comenzó con un concierto homenaje al Leonard Cohen, quien estuvo ausente de la vida artística cerca de quince años. Los siguientes días entré en un especie de transe en el que se mezclaban con poca claridad cansancio, gozo y conciertos de Aretha Franklin, Hank Jones, Dave Brubeck, Public Enemy, The blind boys of Alabama, Mory Kanté y McCoy Tyner.

Sobra decir, que las jornadas subsecuentes terminé con los pies hechos una piltrafa y un tostado intensivo el cual amenaza con caerse como piel de iguana, pero también debo escribir que aprecié un fenómeno recurrente en todos los escenarios y creo, es irreversible. Éste reside en la descentralización del jazz de alta calidad y un eclecticismo que ha diluido a su punto máximo las fronteras culturales. Las mejores propuestas que escuché provenían de agrupaciones como la de Arden Arapyan, cuyos integrantes armenios conjugan con elegancia influencias de medio oriente y el más depurado estándar time, otro conjunto innovador fue Way out west proveniente de Melbourne que logró amalgamar el virtuosismo del músico vietnamita Dung Nguyen con sonidos de África y Australia.

Eugenio haciendo de las suyas.

Punto y parte fueron los grupos que se presentaron en el Scène Bell, clasificados bajo el mote de Les Tropiques Groove. Todos ellos llenos de energía e influencias Rigo Tovarescas, de líricas con contenido político y kistch electrónico, entre los que para mi gusto destacaron fueron Grupo Fantasma, Gokh-bi System, Chica Libre, Papa Grove, Orquesta Típica Imperial y la inmejorable Beátrice Bonifassi, vocalista del grupo local Beast Sound. Pero sin duda, uno de los conciertos que me dejó mayor satisfacción fue el brindado por los hermanos Toussaint quienes integran unos de los tríos de jazz más emblemáticos de México: Sacbé. Para quienes pudimos presenciarlo, extranjeros y connacionales, quedó clara la comunión con el público, la originalidad, el talento irreverente de Eugenio en el piano, Fernando en la bataca y Enrique en el bajo. Enhorabuena por Sacbé y el rotundo éxito que tuvieron en el festival en una tarde de verano que podría describirse con una sola palabra: exquisita.

Otra faceta, son los conciertos que se brindan en la locación patrocinada por Loto-Québec. En estos se pueden apreciar grupos de blues a la usanza que recuerda los viejos toquines de los años 70´s: todos los asistentes sentados o recostados en el pasto sin zapatos y otros sin playera, la guitarra eléctrica al límite y nubes de humo de marihuana avanzando como la canción Purple haze de Jimmy Hendrix. El repertorio es amplio, desde bluseros de Chicago con actitudes de un verdadero rudo como Nick Moos & The Fliptops, Lil’ed and The Blues Imperials o muy finos como Sony Landreth quien domina a cabalidad el estilo de Luisiana.

Finalmente, creo que lo más acertado del festival, es que los organizadores realizan un campamento-concurso de jazz para menores de diecisiete años y en el último día dan oportunidad a las agrupaciones de jóvenes finalistas para presentarse sobre el escenario. Presencié el concierto de finalistas y déjenme decirles que el futuro es prometedor, el jazz está vivo, evoluciona y genera una base muy firme para lo que está por venir. De antemano, he decidido regresar para la gran fiesta que se organizará por el 30 aniversario del evento en el 2009, con ánimos de encontrar nuevamente un digno representante de la escena del jazz de nuestro país, de retozar sobre parajes asoleados y de paso, volverme a perder en la discreta e inquietante Babel que es Montreal.

Fernando se lució en la bataca.

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2 respuestas a Montreal: jazz en Babel

  1. ambar amarillo dijo:

    Mis más calurosas felicitaciones por haber asistido a ese vento, para cualquier persona que aprecie la músiica, ver y esecuchar a los artistas en vivo es una experiencia sin igual, los discos son buenos en la medida que los tenemos a la mano siempre que los necesitemos pero ver al ejecutante, percibir y leer el o los sentimientos que en ese preciso momento lo animan, es inigulable ademàs de ponernos en verdadera comunicaciòn con él.
    Y si cualquier concierto es impoartante el que sea de jazz es aùn más relevante porque debìdo a la libertad del género, nunca más volverá a ser interpretado de la mima manera, si muy similar pero no exactamente.
    Por otro lado es bueno saber que junto a figuras como Aretha Franklin haya una gran número de grupos jóvenes que aseguran la super vivencia de esta música que es la libertad expresada en forma creativa y liberadora.
    Que el año próximo sea aùn mejor!

  2. Perravida dijo:

    Ahhhhh que envidia sobre todo porque soy fan de Leonard Cohen 😦

    Pero que chido que disfrutaste como loco esta experiencia. Felicidades

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