Bueno, bonito y sabroso

El cubano Beny Moré sonaba a decibeles imposibles. Un vendedor ambulante a las afueras de la estación del metro Garibaldi parecía haberle organizado un homenaje póstumo con dos altavoces que tosían: Pero que bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas, mueven la cintura y los hombros, igualito a las cubanas. A diez baros los tres discos. Nos dirigíamos a Tlaltelolco surfeando por las banquetas del eje central y esquivando de cuando en cuando a algún trolebús que intentaba embestirnos como rinoceronte de latitudes africanas.

–¿Traen la acreditaciones y los rollos? ¿Quién se quedó con el morral de la cámara? ¿Seguro que confirmaron la lista de invitados especiales? –preguntaba con fingida preocupación a mis compas mientras intentaba canturrear con ritmo: Si hasta parece que estoy en la Habana cuando bailando veo una mexicana, no hay que olvidar que México y la Habana son dos ciudades que son como hermanas para reír y cantar. El sol calaba las heridas del asfalto y el cuero cabelludo pero no era suficiente para desanimarnos.

Después de extraviarnos media hora entre edificios y plazoletas que me recordaban más a la vieja maqueta del mercado prehispánico que hay en el museo de antropología e historia, que a la escena de una masacre injustificable, encontramos el número 206 de la calle Lerdo. –Las doce en punto ¡ya la hicimos! exclamé. Uno de la tropa alzó la vista y deletreo con emoción –Sa-lón Lo-s Án-ge-le-s. Efectivamente, estábamos frente a las puertas desgatadas del Salón Los Ángeles en un mes otoñal de 1997.

Año de la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona; del Segundo Encuentro Intercontinental por la Humanidad y en Contra del Neoliberalismo; de los mil ciento once zapatistas colmando nuevamente de desobediencia el zócalo de la capirucha al recordar a la fallecida Comandanta Ramona; de la constitución del Frente Zapatista de Liberación Nacional y de que yo pisara por primera vez un salón de baile. La ceremonia de la conformación del Frente duró poco –Es que se va a presentar “Aventurera” al rato joven, justificaba uno de los encargados del local.

La historia tiene episodios bromistas, otros carentes de gracia. Al estar en aquel lugar nunca imaginé que precisamente ahí, en alguna de aquellas mesas de manteles con quemaduras de cigarro Beny Moré había compuesto muchas de las piezas que conformarían el movimiento de música afro antillana. Seguramente nadie lo habría concebido y es que los salones baile en nuestro país son lugares en donde se rasgan las sábanas más finas con las que muchos tratan de cubrir lo que los otros, los de abajo hacemos.

Claro que la actitud de “cubrir” esa realidad no es nueva. Ya desde el siglo XIX, algunos representantes de las nuevas élites surgidas a raíz de la urbanización acelerada que propició el Porfiriato, trataron por todos los medios de moralizar las principales calles de la ciudad y confinar a espacios muy específicos las actividades “insanas” propias del peladaje: la música, el baile y el sexo –cuestión de doble discurso, pues para los catrines existían los High Life Dancing Tea– Fue entonces que proliferaron por afortunada consecuencia los salones dedicados a la liberación de la cadera; verdaderos oasis para la construcción de identidades.

Después de dos años regresé a un salón de baile. En esa ocasión fue a la bailada, al arte del giro, el pasodoble carente de sincronía y la insinuación. A pesar de ser en ese entonces un neófito en el tema, no desaproveché la invitación de una antigua amiga para sacarle brillo al parquet y tomarnos unos refrescos de a veinticinco pesos en el “El Riviera” – todavía abierto- y convertirme de un sólo tajo en seguidor de los bailes populares que en esos lares se acostumbran: salsa, danzón, rumba, guaracha, mambo, merengue. Siempre y cuando sean interpretados por una agrupación en vivo.

Una revisión rápida de la historia de los salones, nos indica que éstos tienen sus cimientos en las últimas décadas del siglo XIX; tiempos en los que se construyeron espacios ex profeso para el baile a manera de satisfacer las necesidades de esparcimiento de los capitalinos. En un comienzo, tales establecimientos se ubicaron dentro de los Tívolis. –de empresarios franceses- y posteriormente en las denominadas “quintas”, que no eran otra cosa que casas de campo ubicadas en lo que esa época era la periferia de la ciudad.

Después de los años treinta del siglo pasado, comenzaron a construirse diversos salones de baile, en la zona de la ciudad que podríamos definir como primer cuadro. A pesar de este auge, se comenzó a dar una polarización irreversible en cuanto a las ofertas musicales y el público asistente. Por una parte estaban los negocios con marcada influencia europea y clientes de alto poder adquisitivo y por otra los salones con influencia de música afro antillana y de Estados Unidos, a cuyas puertas acudía un estrato social que anteriormente había sido confinado a realizar sus bailes en cantinas, tepacherías, calles, patios vecinales y pulquerías.

Entrada del Salón Colonia

Sin duda, esta polarización fue alimentada también por la industria cinematográfica. No olvidemos películas como “Salón México”, del Indio Fernandez, cuyo argumento gira en torno a la “prostitución, vicio y crimen”, que según el propio Fernandez eran pan de cada día en dichos lugares –él era asiduo bailarín-. Esta estigmatización dio paso a otras reacciones dirigidas desde el mismo gobierno de la ciudad para acotar de manera definitiva la poca o mucha libertad de congregación y convivencia. Le bastaron seis años al famoso “regente de hierro” Uruchurtu para disminuir en número generoso los permisos para el funcionamiento de salones de baile. Todo sea por la “paz y el orden”.

En los años subsecuentes, la desaparición paulatina de los salones de baile, nos dan seña de otro fenómeno: la expropiación de los espacios públicos por parte de intereses de carácter comercial. Los salones ya no son rentables y a pesar de que constituyen lugares que dan sentido de comunidad y son propicios para la interacción social, están condenados a desaparecer y en el peor de los casos a transformarse en lugares de esparcimiento donde el “querer o saber” bailar sea de nulo interés ¿Después que espacios seguirán? Espero que no lleguemos al punto en que nombres como El Califas, La Playa, Anáhuac, Salón México, California Dancing Club, El Naranjito, Salón Colonia, El tivolito o Salón Los Ángeles, sólo formen parte de la mitología urbana

Tratemos que el futuro o el pasado no nos alcancen. Evitemos que leyendas como las siguientes –las cuales formaban parte de las regulaciones oficiales y debían estar a la vista de todos en los salones- sean una carta en blanco para los que gustan de cuartar la libertad: “Quedan prohibidos los bailes llamados shimmy y jazz; la empresa, por ningún motivo permitirá la entrada a personas de conducta dudosa; toda persona que baile de manera inconveniente será consignada a las autoridades; se prohíbe, terminantemente, que bailen señoritas menores de quince años de edad”.

Por cierto, la última vez que pasé por Garibaldi no escuché ningún homenaje póstumo a Beny Moré, pero como soy un nostálgico disfuncional pues lo haré de mi ronco pecho: Pero que bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas, mueven la cintura y los hombros, igualito a las cubanas.

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4 respuestas a Bueno, bonito y sabroso

  1. ambar amarillo dijo:

    “Conocí ” el salón California por el texto de Armando Ramírez, Noche de Califas, aquí se describe no solo acerca del salón sino del contexto en que se inscribe, sobre sale la sensaualidad del baile, de la conquista y del lugar y el reconocimiento, como dices, de aquel que es el Califa, adjetivo para reconocer al bueno, al maciso, no solo para el baile sino con las mujeres, para pelear, para imponerse.
    A través de la pelicula Salón México, descubrí otros aspectos relacionado con el baile, sobre todo afroantillano y en verdad tengo una gran curiosidad por conocer y disfrutar alguno de ellos, parece que debo darme prisa, antes que sea tarde.

  2. Es verdad que la irrupción del rock en nuestro país influyó en la desapición paulatina de los salones de baile, pero también otro factor importante y no visto a simple vista es el periódo de “receso” de muchos compositores a raiz de la revolución Cubana; basta recordar que antestistas de la revolución y el bloqueo a la isla, era común la actuación de los artistas de lo que ahora conocemos como Buena Vista Social Club, en el salón Los Ángeles y otros establecimientos. Sin embargo, el asunto que me parece más interesante de los salones de baile, es el uso de los espacios que podríamos denominar públicos y privados, pues en el salón se entrelaza el anonimato que concede el libre acceso a l ugar y el reconocimiento social por ser “buen bailarín” y el sentido de pertenencia social producto de compartir una pasión en común: la música y el baile. Este uso de los espacios se contrapone al impuesto desde “arriba”.
    También me gusta el ballenato, la bachata y muchos otros ritmos.

  3. ambar amarillo dijo:

    Cuando García Canclini escribe acerca de nuestras matrices culturales, define cuatro, la prehispánica, la europeo occidental, la negra y la norteamericana.
    Esta última se hizo más fuerte a partir de la segunda guerra muendial y se ha manifestado en todos los ambitos de nuestra vida, la música no fue la excepción y en lugar de escuchar y bailar lo producido a nivel local o de América Latina, se nos indujo a gozar del rock y de allí en adelante una serie de estilos musicales muy alejados de nuestro contexto cultural.
    No soy chovinista, en lo personal me gusta una gama increíble de géneros musicales pero si es claro que hubo una imposición muy bien planeada para sustituir nuestra ” denigrante, popularechera, inculta” música por otra que conviene a los productores trasnacionales de materiales discográficos.
    Ante esta situación ,es hasta cierto punto lógico el que espacios como los salones que mencionas hayan ido desapereciendo paulatinamente y sustituídos por los llamados ” antros” actuales.
    A pesar de todo creo que son espacios que deben preservarse no solo como puntos de recreación sino como centros de revaloración y difusión de la cultura caribeña y latinoamericana en general.
    Comparto contigo tu gusto por la música de Beny Moré que la sigas disfrutanto. Para finalizar, una pregunta, te gusta el ballenato? porque no aparece en la lista de los ritmos que te gustan y bailas.

  4. Perravida dijo:

    andas muy nostalgico mi diablo 🙂

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