Águila o Jazz

A marvelous description of a gazelle is hell. C.Bukowski

Casi a medianoche sonó el teléfono de la habitación ─ ¡Anda majo! ¿Quieres ir con nosotras de marcha? –la voz era metálica, como si las cuerdas bucales de mi interlocutora hubiesen sido expuestas a radiaciones nucleares –quizá mañana, respondí apáticamente mientras me frotaba los ojos. Soy un arisco experto cuando me lo propongo. Colgué, me vestí lentamente y salí directamente a los bares que rodean la Plaza Mayor. Ahí pregunté sobre algún sitio donde escuchar música jazz en vivo; me dieron una serie de indicaciones que no comprendí en absoluto y mejor comencé a caminar confiando en mi “olfato” para encontrar lugares en los que tocan bandas de calidad mínima para no ensordecer en el intento.

Guiado por aquel instinto que desarrollamos los melomanopithtecus vulgaris, un vermut con agua mineral y una tapa de calamares medianamente sazonados, me adentré en el barrio de las letras -así le dicen, nunca he escuchado una explicación convincente sobre el origen del mote-. En cosa de treinta minutos ya estaba caminando cuesta abajo sobre la calle plaza del Ángel. Iba en estado de alerta o como dicen las abuelas “con la oreja bien parada”, hasta que me llegó al tímpano el jadeo que producía una trompeta; un jadeo electrizante que parecía producido por un caballo árabe después de haber cruzando a horcajadas el desierto. De aquí soy, pensé autocomplacientemente. El instinto nunca me falla.

Empujé la puerta del café Central usando el más refinado método: ¡Ya llegó su charro vengador hijos de Carlos V! y me dirigí, a pesar de la concurrencia y la cara impotente de los doormans, a la barra. Pedí un vasito de hollejo (licor digestivo hecho a base del mosto de la uva) que me trajo una hermosa peruana “sin papales” de ojos azabaches, y lo tomé de un solo tiro. –Las cañitas van por cuenta de la casa, me susurró al oído mientras mis fosas nasales se bañaban en su almizcle. Terminado el breve transe me reenfoqué en la música.

En el escenario se presentaba un trío de músicos croata-armenio-yugoslavos que parecían felices; rumiaban una pieza al estilo Nuevo Orleans como si los pantanos del Missisipi fuesen a desaparecer por el cambio climático y hubiesen sido sus mismísimos ancestros. Nada espectacular al final. Pedí las cañas de la casa en lo que se instalaba un cuarteto que lo único que tenía en común con la anterior agrupación era lo multiétnico. Cuando iniciaron a tocar, fue evidente –hasta para mí que soy un neófito en cuestiones técnico musicales- que los susodichos tenían, feeling, mucho punch y harto talento.

Basta decir que cuando terminaron de tocar casi estaba comprometido y dispuesto a mudarme a Lima –hasta con el futuro cuñado había hecho migas, caray- y totalmente enamorado del jazz. Sin mayor recato me acerqué a los músicos para felicitarlos. Dos de ellos se distinguían por su acento y su envidiable improvisación en el bajo y la batería. Juan, el bajista me dijo sonriendo bonachonamente –¿Apoco eres paisano? -¿Paisano? Estos me deben estar confundiendo, creí. –Sí, mi compadre y yo somos de Mérida, tú debes ser como del norte ¿no? (en ese momento me imaginé a Piporro bailando entre boogie y el pasito del taconazo, no pregunten).

La plática con mis nuevos amigos de la hermana república de Yucatán se prolongó hasta que nos corrieron del lugar. Aquella noche aprendí varias cosas. La primera, las más conocida y trillada: nadie es profeta en su propia tierra. La segunda, no tenía futuro con la bella dama Limeña. Regresé al hostal cuando los negocios comenzaban a poner las mesas para servir el café matutino. Tenía un mensaje en el buzón de voz: ─¡Coño majo! ¿Hoy si vas con nosotras de marcha? háblanos, si quieres nos vemos en el Madroño. Ese día fuimos a un lugar donde ponían música del top ten de la radio española. -¿Qué hiciste por fin ayer tío? Me interrogó escépticamente una de mis conocidas –Nada, me quedé dormido.

Cuando regresé al país, me enviaron varios correos electrónicos: “esperamos que nos des una aproximación sobre lo que viste en Madrid”. Quizá esperaban una descripción como Balzac la hubiese dado o una metáfora Joan Serratiana; yo sólo les compartí lo siguiente: “Sax, sordina brincan con ventisca, con dentadura de Marqués y puta fina. Besos ronroneo propinan, rompiendo piano, la inercia misma. Cuerdas de ausencia, jazz Madrid arrastra espuma, bombeando bombeando la cadencia mía. Madrid entrando, aleteando Bebop, erótica parsimonia. Jamás me respondieron. Mariana, la limeña sí, durante varios años.

Moraleja heterodoxa. ¿Por qué habiendo tan buenos músicos en nuestro terruño, muchos deben emigrar a otros lares para dedicarse al jazz? La respuesta creo que la conocemos todos y se aprecia a los que se quedan y dan la pequeña o gran batalla a favor del género a los que se las ven negras y se tienen que dedicar a “otra chamba” para conseguir la papa; a los consagrados que se empeñan en seguir jazzeando ¿Por qué muchos de nosotros no los apoyamos, no los escuchamos? No hay justificaciones contundentes a la vista, menos las que caen en: “me aburre, no le entiendo”, “todos tocan por su lado y acaba mareado” (verídico), “esa música es para intelectuales”, “no la pasan en la radio y hay pocos conciertos”, etc., etc., etc.

Mi intención no es desvirtuar dichos juicios, sólo deseo sugerir a los que se quejan de falta de difusión, que se acerquen a las radios universitarias e incluso comerciales; las cuales en algunos casos tienen buenos programas de jazz –quizá no con la producción de Panorama del Jazz creado por Juan López Moctezuma y posteriormente a cargo de Roberto Aymes, pero si hechos con mucha constancia y con un espíritu didáctico-; que asistan a los conciertos que se brindan gratuitamente o con una aportación simbólica en muchos centros de cultura. Es patético presenciar salas de conciertos vacías, con músicos que con una actitud estoica se “avientan” el concierto de todas formas y comulgan con los asistentes. En la medida que vayamos a las salas y adquiramos discografía, el jazz made in México se fortalecerá.

Otra forma de acercarse a dicha música, es asistiendo a los diversos festivales de jazz que hay durante el año se celebran en diversos Estados de la república y el Distrito Federal: desde Baja California hasta Quintana Roo; muchos de los cuales han adquirido un nivel importante a nivel internacional. Ahora que si lo suyo es la lectura, les recomiendo dos libros básicos para conocer la escena del jazz nacional: “El jazz en México: datos para una historia” de Alain Derbez, o “Caliente, una historia del jazz latino” de Luc Delannoy; ambos publicados por el Fondo de Cultura Económica. El asunto está sobre la mesa, a ustedes les toca decidir ¿Águila o jazz?

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2 respuestas a Águila o Jazz

  1. tomas dijo:

    oye señor, museístico, donde te has metido ?, que si hay, hubo mudanza, la danza la danza?!
    arriva el salute del canute!! espero verlos pronto…

  2. ambar amarillo dijo:

    Hace tiempo yo me sentía decepecionada de la falta de asistencia a eventos museísticos sobre todo porque eran gratis, no podía entender esta actitud, con el tiempo aprendi que para los museos como para otros aspectos de la cultura incluida la música y , en este caso jazz, de nada sirve que haya espacios, que sean baratos, que haya oportunidad de asitir si no estas EDUCADO para ello.
    Con ésto no justifico, aclaro, solo comento lo que he aprendido y retomo a Bourdieu cuando hace el analisis del comsumo cultural clasista y queda claro que si no entindes, porque asi se ha programado, tienes que aceptar lo que los medios masivos ” de comunicación” te ofrecen y esto ya es bastante problemático.
    Sin embargo la difusión y el trabajar en función de concientizar siempre es bienvenida

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