De la lucha libre como Olimpo enmascarado (III)

Texto: Carlos Monsiváis

Ríndete o no te devuelvo el alma. En rigor, si me atengo a las mitologías consagradas, sólo hay una “Época de Oro” de la cultura popular en América Latina, que abarca clases sociales y generaciones, y es capitalina, regional y nacional. La “Época de Oro” de la lucha libre, por ejemplo, corresponde a otras “Épocas de oro” del cine, del bolero, del tango, del vals peruano, de la canción ranchera, del son, del vallenato, de los personajes de la ciudad, de las atmósferas cabareteras, de la sensibilidad urbana que se inicia con el orgullo de barrio y termina trasladando esa jactancia y las demás a la capacidad individual de sobrevivencia.

En un periodo no mayor de cuarenta años, la inventiva popular latinoamericana asume ofrecimientos y devuelve instituciones del gusto, se introduce en sitios de la insuficiencia o la sordidez y los transforma en espacios funcionales. Y la credibilidad es don de los participantes y los frecuentadores de la cultura popular que de otro modo, de juzgar críticamente sus pasiones, creerían haber vivido en vano.

En la “Época de Oro” de la lucha libre, el público elabora sus reglas admirativas y sus rituales del desorden, esas revueltas que se extinguen a la salida del espectáculo. Lo que ven es deporte, intenso y purificador; es teatro en el más respetuoso de los sentidos del término (el proceso donde las emociones se interpretan y el cuerpo disciplina las tensiones anímicas) y es la festividad de la gleba, el popolo (los de la derecha dirían “los sincalzones”) que se estremece como si recibiera los golpes, como si de pronto su vida diaria consistiera en la aplicación continua de un piquete de ojos. En este contexto, morirse de un infarto es acudir al encuentro liberador de la campana.

¡”Queremos sangre”!, grita el popolo, y hay que comprenderlo. No la sangre de los justos, ni la de los injustos, ni siquiera la sangre verdadera en el ring, sino la sangre a borbotones de la estetización de la violencia. Así es, el arte del costalazo habla muy golpeado, y a la violencia la abrillantan la exasperación acrobática y las coreografías de los volúmenes (los luchadores) que caen, se levantan y exploran los espacios mínimos , todo con tal de hacer del cuerpo un resorte, un hacha, un ariete contra la puerta del castillo (el cuerpo ajeno).

Y  lo espectacular no es el dominio técnico sobre el ring, sino la perfección cronometrada de los encontronazos. Van y vienen los contendientes, las piernas se estiran para renacer como tenazas, los brazos se anudan casi en cualquier parte, el réferi sigue a los contendientes en espera de ser tomados en cuenta en la última caída, ese nombre deportivo del Juicio Final. En la  lucha libre, el cuerpo, así se desborde por el sobrepeso y sea una invasión territorial a su modo, es propuesta de integración y complicidad, y por eso las expresiones de agonía son fuerza escultórica.

La serpiente estrangula a Laacoonte y sus hijos, la serpiente es otro Abrazo del Oso, y la violencia adquiere una dimensión singular, no la del pleito callejero de los que se dejan en la pinche vida (el boxeo: la expresión teatral de esta metáfora), no la actitud de los rijosos del barrio que exponen vida y quimeras sólo para añadirse a la nación de futbol, sino el aluvión de golpes y posiciones descoyuntadas donde el símbolo devora la realidad y la realidad para subsistir, manda a la lona los símbolos. En la lucha libre, la violencia callejera alcanza su hermosura posible: el círculo del golpe armonioso a pesar suyo, de la llave que anula todas las resistencias.

*Fragmento del prólogo publicado en “Espectacular de Lucha Libre. fotografías de Lourdes Grobet”. Coedición: Trilce, Océano, Unam.

De la lucha libre como Olimpo Enmascarado (II)

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