Añoranza por la enseñanza de una familia Chuj.

Y hagamos el fuego, y el silencio, y sonido,

y ardamos, y callemos, y campanas.

Pablo Neruda.

En la década de los 90 del siglo pasado atravesé Guatemala, tanto por la ruta de la costa, como por la montaña, dado que ambos recorridos los hice de manera rápida -pues era sólo de paso y regreso de Nicaragua- no tuve tiempo suficiente de conocer de manera profunda la zona.

A esto había que añadir que en esos años la región vivía una situación de gran convulsión social, de la presencia de los kaibiles entrenados por las fuerzas armadas norteamericanas, puentes y carreteras volados, el establecimiento de aldeas de concentración, además de una fuerte campaña en contra de todo mexicano que se atrevía a pisar suelo de “nuestros enemigos históricos”, bueno, ellos así lo manejaban y parece que esta situación no se ha superado sino todo lo contrario.

El ambiente en general era de total inseguridad, hostil, sin embargo en Huehuetenango fue diferente, por un lado allí se recibía nuestro peso “flotante” que en el resto del país no se aceptaba en transacción alguna y sobre todo, una relación cordial. Recuerdo muy bien su colorido tianguis y la gran cantidad de textiles que elaboraban y vestían principalmente las mujeres.

Es en este municipio en donde se congregan los Chuj, de filiación mayense, dispersos en parajes circundados por frondosos bosques pero en una condición económica y material críticas lo que los hace buscar empleo en México, en especial en Chiapas. Fue allí a donde Baltazar y su esposa se dirigían temporalmente.

Con sólo lo indispensable para vivir en un lugar culturalmente similar pero oficialmente otro país, les costaban jornadas extenuantes el lograr su objetivo, sin embargo una vez instalados en su trabajo, las cosas volvían a “la normalidad”.

Baltazar era todo un personaje, delgado, correoso y buen trabajador; su esposa Francisca extremadamente delgada, casi famélica, vestida siempre con su indumentaria tradicional y muy hacendosa. El día comenzaba para todos muy temprano, las tareas del campo, en especial la siembra, escarda o cosecha del maíz y la producción de calabaza así lo requería.

Pero lo más atrayente era la noche, era ese el momento supremo en que Baltazar realizaba todo un ritual para hacer el fuego. Los niños de la casa en que se hospedaban y para quienes trabajaban, esperaban con ansia ser parte de esta actividad, aunque sólo fuera como espectadores.

Como si fuera una ceremonia muy trascendente, cogía en una mano una vara y en la otra su cuchillo, con parsimonia, tomaba el tiempo suficiente para sacar pequeñas lascas a manera de virutas, una vez que tenía suficientes, acomodaba varas delgadas, como si fuera un tejido para que el aire propiciara una buena combustión, encima de éstas una nueva estructura pero de maderos gruesos.

Paso seguido, colocaba las virutas en la parte inferior de este entramado. Estaba ya construida la estructura pero hacía falta el fuego inicial, así que Baltazar tomaba dos pequeños palitos y empezaba a frotarlos hasta que lograba sacar chispas, con ellas encendía las pequeñas virutas y comenzaba a soplar para que ese fuego incipiente se extendiera y poco a poco otras virutas ardían, poco a poco también las varas, los leños y el milagro estaba hecho, el fuego crecía en la medida que recibe oxigeno, ya sea porque Baltazar soplaba o por el viento que producían los árboles circundantes.

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Todos admiraron el fuego, un elemento práctico con el que se preparaba la frugal cena pero también era el calor, la seguridad, la vida, y ante él no había que decir, sólo observar, dejarse seducir por su crepitar, por el olor, por el calor que despedía.

La esposa de Baltazar tomó dos calabazas, de esas amarillas, llamadas de castilla y las puso en los rescoldos del fuego para que lentamente se cocinaran sin necesidad de utilizar otros utensilios sino aprovechando lo que la naturaleza les dio, su propia cáscara gruesa que permite cocerse sin más.

El fuego fuerte se utilizaba para preparar café y calentar los frijoles que quedaban del desayuno. Concluida la preparación se aprestaban para cenar, pero los niños “visitantes” permanecían observando y eran invitados a compartir lo que se había preparado -seguramente los niños tendrían más cosas que comer si cenaban en su casa- pero disfrutaban mucho el ser invitados, de recibir un trato de iguales, aunque ellos fueran hijos de los “patrones”, de compartir esas actividades tan íntimas que para los fuereños no tienen el mismo sentido porque están fuera de su contexto, fuera de su visión del mundo.

Una vez terminada la cena, llegaba el momento de irse a dormir y también este acto que pareciera rutinario tiene su atractivo, Baltazar y su esposa dormían sobre petates pero él usaba como almohada o en lugar de ella, un pequeño banco de madera, es un banco bajito pero los niños se sorprendían cómo podía usarse algo tan duro para colocar la cabeza. Ellos aún no saben que otros grupos humanos, por ejemplo los japoneses, así lo hacen.

Esas y muchísimas otras cosas recuerdan estos ex niños, ahora adultos, lo hacen con emoción, con una gran añoranza, a la hora de comentarlo conmigo recordé una obra de Ricardo Martínez que siempre me ha gustado, su titulo es el Brujo y es así como me imaginé a Baltazar, no porque tenga que ver con la visión peyorativa de que los brujos hacen cosas “malas” sino porque se me hace un creador, un prestidigitador, un hombre que dejó una huella profunda en quienes tuvieron la fortuna de conocerlo. Tanto Baltazar como Francisca, su esposa, murieron hace años sin embargo sus enseñanzas perviven. Que descansen en paz.

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El Brujo

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2 respuestas a Añoranza por la enseñanza de una familia Chuj.

  1. ambaramarillo dijo:

    Minimalismo? gracias.
    No ,ya en serio Saúl ,me habría gustado mucho el que pudieras añadir infinidad de cosas al respecto dado que lo viviste, lo sentiste y son hechos que añoras. Un abrazototote.

  2. Saúl dijo:

    Estupendo!!!!

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