De la lucha libre como Olimpo enmascarado (VI)

Texto: Carlos Monsiváis*

“De la anarquía como envío de puntapiés a la confusión”. El caos de la lucha libre no se parece a ningún otro, es apasionado y sanamente obsceno, es disciplinado como un alud y se traduce en el aviso póstumo por excelencia, el “Ahí va el golpe”. El relajo descifra el aturdimiento, y el caos es la reconstrucción de algo equidistante al alfa y omega (no son marcas de relojes, aclara el alfabeto griego). La lucha libre también es coreografía, y la coreografía organiza las potencias dancísticas del relajo. Se disparan los cuerpos, regresan, van de las cuerdas al encuentro del universo, se dan vuelta, se extasían en el performance. En el reino de la machincuepa, de la voltereta, del sucudidón, el relajo extrae el gozo de la movilidad incesante.

Los luchadores, los entrenadores, los fotógrafos, los representantes atraviesan la “Época de Oro”, salen invictos de la fama que la televisión concede para mejor sepultar  a los afortunados, y se descubren paulatinamente como voceros  de la cultura popular (antes simplemente las predilecciones del pueblo). Desde la década de los treinta la lucha libre es un receptáculo de la creatividad anónima, con imágenes que son también esculturales en el tiempo y el espacio, con ráfagas de velocidad que se proyectan en la mirada que asimila despacio el apretujamiento de las imágenes. La lucha libre vuela a puntapiés sobre el imaginario colectivo.

En 1956, el film La bestia magnífica, con Crox Alvarado, ratifica lo obvio, lo ya descubierto durante el apogeo de las transmisiones televisivas entre 1952 y 1954: el luchador  es algo distinto al boxeador, no encarna la realidad, ni el salto a la riqueza, ni el descenso a los abismos, ni el desmoronamiento por el alcohol y la fragilidad psíquica de la Raza… No, el luchador  es la entidad más concreta y elusiva: el encuentro de la furia cronometrada y el impulso dancístico, de la dialéctica entre campanadas y descomposiciones faciales, entere la violencia y su falta de consecuencias trágicas.

El cine desperdicia las oportunidades de la lucha libre, no capta la gloriosa truculencia de un espectáculo a medio camino entre la convicción y la irrisión. Pero algo se consigue: gracias a El Santo, a Blue Demon y muchos otros, la máscara se vuelve el signo de reconocimiento que alivia a las multitudes, hartas de la resignación fisonómica. El alcance de la lucha libre no depende sólo de la máscara, pero su impacto se vuelve legión mientras, como decía los marxistas, se agudizan las contradicciones del semblante. ¿Que habrá detrás de la máscara? El misterio, y la seguridad última; el misterio es la síntesis de lo evidente que no ha tenido tiempo de presentarse con el gentil auditorio.

*Fragmento del prólogo publicado en “Espectacular de Lucha Libre. Fotografías de Lourdes Grobet”. Coedición: Trilce, Océano, Unam.

De la lucha libre como Olimpo Enmascarado (IV)
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