Donde la filosofía termina, la poesía debe comenzar (I).

María del Pilar Torres Anguiano

La relación entre Filosofía y Literatura es importante, no sólo en el contexto de la filosofía romántica e idealista, sino en la llamada post modernidad.

Karl Wilhelm Friedrich von Schlegel1 (1772-1829, el autor cuya frase da título a este escrito, es famoso por sus aforismos e ironías. Como dice Humberto Eco, el juego metalingüístico de la ironía corre siempre el riesgo de no entenderse y, con ello, de ser rechazado. Pero es que ese riesgo es la máxima cualidad de la ironía, el hecho de que siempre hay alguien que toma el discurso irónico como si fuese serio.

De cualquier forma, irónico o no, el trasfondo de esta afirmación romántica tiene implicaciones muy amplias. A fin de cuentas, se trata de discutir sobre la relación existente entre la filosofía y la literatura.

Podríamos iniciar nuestro comentario con la siguiente frase:

“Diálogo, aforismo, carta, ensayo, tratado, plegaria, autobiografía, meditación, fragmento, poema didáctico, manual […], la forma literaria de la filosofía tiene muchos rostros.”2

Hay que decir que parece admisible a simple vista que, a partir del texto literario, ya sea novela, cuento corto o poema, podemos iniciar una reflexión filosófica en la comunidad de investigación en el aula. Pero debemos preguntarnos si esto es realmente así y, de serlo, por qué. Es decir, si es viable esta proposición o solo se trata de retórica.

Esta relación, la de poesía y filosofía, no sólo es importante en el contexto de la filosofía de la cultura, sino que es un tema casi obligado de la filosofía contemporánea, por ejemplo, en el centro de la Teoría Crítica y de las diversas posiciones Postestructuralistas el debate sobre la relación entre Filosofía y Literatura se vincula al de la relación entre pensamiento y lenguaje. Tal vez el argumento de alguien apegado a Foucault diría en que lo de menos es si se tratase de un texto filosófico o uno poético: de todos modos es un discurso del cual no puede escaparse.

Para algunos, los límites entre estas dos disciplinas son precisos: la Filosofía se sirve de un discurso racional al que el mundo de la Literatura renuncia. Para otros, los límites son más bien difusos y hay quien llega a decir que en la actualidad son inexistentes, ya que toda Filosofía es Literatura.

Si hacemos un poco de historia sobre la relación entre estas dos disciplinas, nos encontramos que, en su origen, la Filosofía se expresa en formas literarias: el Poema de Parménides, los aforismos de Heráclito o los Diálogos de Platón. Esta relación tan estrecha, sufre un alejamiento en la época medieval, pero reaparece con brío en el Renacimiento. En efecto, el Humanismo renacentista se plantea como una ruptura con la tradición filosófica medieval, caracterizada por su estructura racionalista y fundamentalmente preocupada por el problema del ser; en los textos filosóficos de la Edad Media, el modo de aproximarse al ser es mediante el concepto, por lo que el discurso del saber ontológico corresponderá exclusivamente al lenguaje lógico.

Los humanistas renacentistas, por el contrario, plantean que la vía de acceso al ser es el lenguaje y aceptan la multiplicidad de significaciones de las palabras en cada situación concreta dentro de la historicidad del mundo humano.

Por ello, la metáfora adquiere prioridad sobre el concepto y la intuición, sobre la argumentación. Se puede decir que el humanismo renacentista apunta a otra forma de concebir el lenguaje, el conocimiento y el ser mismo. Para los humanistas, la facultad inventiva o creadora del ser humano no es la razón, sino el ingenio, que nos permite crear mundos nuevos, acordes con las necesidades históricas, generando continuamente nuevos significados:

“Descubriendo las relaciones de semejanza entre las cosas, el hombre ingenioso hace concepto agudo y sutil de aquélla realidad nueva que no puede ser deducida racionalmente.”(2)

El humanismo revalora la retórica y el mito y consideran que la imagen y la metáfora son indispensables para representar el devenir del ser, que no puede ser captado por la abstracción del lenguaje racional.

“Hay muchas posibilidades de decir la verdad. La parábola y el cuento es una de las mejores, porque en ellas uno puede limitarse a lo absolutamente esencial”. (2)

Desde una perspectiva más contemporánea y, en el encuadre de la interdisciplinareidad que parece ser el imperativo de nuestra época, el planteamiento de las relaciones entre Filosofía y Literatura se relaciona con el problema de los tipos de racionalidad y las modalidades discursivas. Por otra parte, podemos abordar el problema desde la consideración de la Filosofía y la Literatura como disciplinas con sus respectivos lenguajes, o bien, como distintos modos de aproximación a lo real, es decir, modos de obtener conocimiento sobre el mundo, formas de vida, sistemas de valores, creencias, etc. Puede decirse a grandes rasgos que lo que un texto significa se puede clasificar en las siguientes categorías:

-la referencia a objetos

-la comunicación de contenidos

-la presentación de nociones generales y sentido

En el caso del texto literario nos encontramos que no se refiere directamente a la realidad, sino que construye una relación con esta de manera indirecta, por ello el conocimiento literario no está contenido en los textos, sino que se desarrolla en el proceso de comprensión en el que el significado es mostrado.

En el caso del texto filosófico, señalamos dos posibilidades, dos modos de conocimiento con sus respectivas formas de expresión:

– el de la ciencia, argumentativo, que asume la forma discursivo-deliberativa;

-el de la literatura, indirecto, mostrativo, no proposicional.

Cada uno de estos posibles caminos corresponde a una concepción de conocimiento filosófico. En el primer caso, se trata de un conocimiento proposicional., argumentativo; en el segundo caso, el conocimiento debe ser construido y en el proceso de formación de este conocimiento se hace realidad el aprendizaje filosófico.

Para ahondar un poco en lo anterior, recurrimos a un ejemplo del Maestro Alfonso Reyes, el cual, constantemente hace referencia a la relación íntima entre poesía y filosofía. En esta carta, para José Vasconcelos, le dice:

“Debo hacerte dos advertencias, mi experiencia de lector me las dicta: Primera. Procura ser mas claro en la definición de tus ideas filosóficas, a veces solo hablas a medias, ponte por encima de ti mismo, no te dejes arrastrar ni envolver por el curso de tus pensamientos. Para escribir hay que pensar con las manos también, no sólo con la cabeza y el corazón. Segunda. Pon en orden sucesivo tus ideas: no las incrustes la una en la otra. Uno es el orden vital de las ideas, el orden en que ellas se engendran en la mente, y otro el orden literario de las ideas, el que debe usarse como un lenguaje universal cuando lo que queremos es comunicarlas a los demás. Así, poesía y filosofía van de la mano, una se sirve de la otra”(3)

Estos caminos, de acuerdo a algunos autores, no son excluyentes. Se puede hacer uso de argumentos demostrativos y, para el caso de puntos cuyo reconocimiento no se puede lograr argumentativamente, es válido hacer uso de recursos literarios. Existe una complementariedad de formas de conocimiento y, de hecho, lo que caracteriza a la filosofía, su peculiaridad, reside en esta unificación del componente científico y literario, teórico y práctico.

En los Diálogos de Platón, podemos encontrar, al mismo tiempo, una intención teórica, orientada a la fundamentación, y una orientación práctica, dirigida a la comprensión. Estas dos intenciones se unen, a la vez que se realizan en el conocimiento dialéctico en la forma de una praxis filosófica. Platón pensaba que la filosofía no se deja decir, sino hacer en la forma del diálogo y esta posición es clara en la figura de Sócrates, el filósofo que no enseña filosofía, sino que domina el arte de preguntar, ayudando a su compañero de diálogo a la formación autónoma del conocimiento, a pensar por s í mismo.

Si Platón tiene razón, el conocimiento filosófico no se logra al sólo leer un texto filosófico. Esta afirmación nos abre las puertas hacia un diálogo con Schlegel.

El texto escrito pierde la flexibilidad del discurso oral. Sus textos hacen referencia a un modo de conocimiento que no es totalmente traducible al lenguaje oral, mucho menos, al escrito, sino que sólo se expresa de manera indirecta. Estas maneras indirectas incluyen: la metáfora, la aporía y la ironía socrática. En el texto nunca encontramos respuestas definitivas, sólo un apuntar más allá de ellos mismos. No debemos olvidar el concepto platónico de filosofía como una inteligencia y una postura prácticas y autoadquiridas, un hacer dialógico, un orientarse, un estar en camino. A esta idea de conocimiento filosófico corresponde perfectamente el diálogo, cuya forma escrita sólo sugiere,modela, imita el paradigma del diálogo oral.

El saber filosófico se entiende, desde esta perspectiva, como un producto del sujeto que no puede ser enseñado de manera directa, sino que debe ser construido por cada uno. Las formas literarias de la filosofía pueden tan sólo atraernos, invitarnos, señalarnos pistas.

Pero si en Platón el texto escrito es sólo una imagen del lenguaje oral, para Walter Benjamin, el texto, en su forma narrativa, tiene la misión de desvelar el sentido creador o salvador del lenguaje. Benjamin distingue tres etapas en el origen del lenguaje:

1 Lenguaje divino . Mediante el cual el mundo fue creado, es fundamentalmente creador.

2 Lenguaje paradisíaco. Lenguaje originario de la humanidad que se distingue por la perfecta adecuación entre las palabras y las cosas.

3 Lenguaje convencional . Es el lenguaje transformado en mero instrumento de comunicación. El lenguaje a merced del ser humano, puede ser utilizado tanto para velar, como para desvelar las cosas, tanto para mediar, como para engañar.

Es la decadencia del lenguaje que ha perdido su poder de verdad.

Poetas y místicos pueden recuperar el lenguaje, salvar el sentido: el narrador salva el sentido creando la palabra justa. Ahora bien, es tarea del filósofo resistirse a reducir el lenguaje a puro instrumento de comunicación y volver a la realidad de modo que la palabra sea otra vez nombre. Para Benjamín la modernidad se explica por la primacía del mito sobre la verdad y la verdad se pone al descubierto en la esencia del lenguaje. Por eso, la primera tarea del narrador no es la de informar, sino la de hacer de lo narrado experiencia del que habla y de los que oyen. En este sentido, la narración es palabra intersubjetiva, hecha para conocer, para recordar:

¿Cuál es pues el discurso propio de la Filosofía? Para la cultura científica predominante, sólo podemos esperar respuestas a los problemas de la humanidad desde la ciencia misma. La Filosofía, a la que desde esta mentalidad no se le reconoce capacidad cognoscitiva propia, debe resignarse a fundirse en Literatura: la Filosofía sólo es Literatura. Sólo sabe narrar, contar historias que llenen el vacío pasional de una razón calculadora; que contrarresten los efectos de un progreso disgregador; que suplan la desorientación fabricando ideologías al gusto. Desde esta perspectiva, que entiende, no sólo a la vida, sino a toda la historia como progreso científico técnico, se niega capacidad a la Filosofía y a la Literatura para responder a los problemas humanos.

Desde la perspectiva de Benjamin, por el contrario, la narrativa es necesaria para rescatar algo que nos pertenece y que ya no tenemos, algo sin lo que nuestra visión de la realidad sería incompleta o deformada. Para quien reduce la racionalidad al logos, las formas narrativas serán mero entretenimiento; para quien sostiene que la racionalidad no se agota en el logos, y menos aún en el empobrecido concepto de logos presente en el discurso de la modernidad, la narración es conocimiento, puede hacer aparecer súbitamente los aspectos inéditos de la condición humana, trastocando el orden establecido porque hace aparecer nuevos aspectos y figuras de la realidad. En una sociedad, aún dominada por la racionalidad científico-técnica, la literatura, cumple una función que resulta urgente; mostrar un modo de conocimiento que escapa a la ciencia. La Filosofía puede valerse del discurso lógico, racional, científico, pero también necesita del discurso narrativo, alegórico, metafórico, para dar cuenta de toda la riqueza de la realidad.

Notas:

1 Crítico literario, filósofo, hispanista y poeta alemán, uno de los fundadores y más grandes exponentes del Romanticismo.

2 Ende Michael. Carpeta de apuntes. Cuando los niños preguntan. P. 382

3 Reyes Alfonso, La amistad en el dolor: correspondencia con José Vasconcelos. El Colegio de México, 2003.

4 O la llamada “nívola” para Miguel de Unamuno, el cual no está de ningún modo alejado de esta tradición romántica.

5 D. Sánchez Meca, Schlegel y la ironía romántica.

Donde la filosofía termina, la poesía debe comenzar (II)

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