El ferrocarril y las múltiples realidades vividas y/o encubiertas.

Hace mucho tiempo me había propuesto elaborar una microhistoria de la comunidad en que nació mi madre, por múltiples razones había pospuesto el empezar a investigar con mayor profundidad y por ello también, no iniciaba la escritura.

Por una coincidencia inicié con mis vivencias con respecto al ferrocarril, lo comenté con otras personas, ellos me dieron su versión y fue así como decidí reunir en un solo documento las experiencias de diversas personas y en diversos momentos, el elemento común, la añoranza y el disfrute de lo relacionado con este medio de transporte, que debido a intereses particulares, ha desaparecido de nuestras vidas.

Leonor me comentó que sus tías abuelas le contaban que, a inicios del siglo XX, el Ferrocarril Mexicano hacía un amplio recorrido pero el que realizaba de Buenavista a la terminal de Otumba era muy particular.

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Si bien hacían un gran servicio a las haciendas cercanas, pues recogían metales, balas de cañón, granos y otros productos, también había el servicio de acompañantes para los hacendados que viajaban en el ferrocarril o para los militares quienes además de cuidarlo, lo usaban para organizar bailes, cenas; como también había servicio de pullman y éste tenía habitaciones que eran útiles para otros menesteres.

Las damas iban elegantemente vestidas, guantes de encaje hasta los codos, pero permitían dejar las puntas de los dedos, al descubierto. Las faldas eran de tres cuartos y tipo can can, botines y otros aditamentos para lucir atractivas.

Doña Isabel por su parte me platicó que su papá y ella frecuentemente realizaban el viaje de Apizaco a Orizaba, el objetivo principal era comer a sus anchas pues el tren llegaba a la estación de Esperanza a las dos de la tarde y se daba una hora a los pasajeros para que comieran.

Inmediatamente que el tren se detenía en la estación, los garroteros anunciaban la hora y el nombre de la estación, bajaban los pasajeros con destino al lugar, quienes había ido especialmente a comer empezaban a afilar diente y aparecía un sinnúmero de mujeres con sus familiares, ellas llevaban hermosas canastas bien compuestas, para ofrecer lo que habían preparado.

El pollo se podía encontrar en múltiples presentaciones, adobado, en mole, al vapor, en su jugo, frito. Había también huevos de guajolota hervidos que se servían con arroz, los ayocotes enchilados (una especie de frijol) los tamales de Papantla, las carnitas recién salidas del caso.

En cuanto a vitamina T pues había de todo: Tortillas recién hechas, nunca recalentadas, sopes grandes, así como cazuelitas, chalupas, enchiladas con tortillas hechas a mano. Para tomar no podían faltas bebidas diversas, café, atole blanco de masa o con piloncillo, estos por el frío que hace en la zona pero, no podían faltar el pulque y el tepache.

Por supuesto que para los 70 ya se empezaban a vender también los refrescos, en especial pascual y chaparritas, sin embargo el consumo era mínimo comparado con el del pulque.

A las tres de la tarde empezaba el tren a pitar y durante 10 minutos se llamaba a los pasajeros de esta manera o con el llamado de los garroteros, a las 3:10 arrancaba el ferrocarril para continuar su camino. La parte más difícil pero más hermosa era la de las Cumbres de Maltrata, allí debía esperar el ferrocarril a que llegaran una o dos máquinas más para poder remolcar al tren y no descarrilarse. Doña Isabel era feliz yendo en el estribo para ver la profundidad de las barrancas. Llegaban a Orizaba entre 6 y 7 de la tarde-noche.

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Juan Carlos partió de esta estación, la de Morelia, en 1980, el objetivo era visitar a sus tíos maternos, quería viajar en tren porque para él, las anécdotas que su abuela le había contado eran muy importantes, y de alguna manera quería vivirlas.

Lo que ella le había contado es que su esposo era de Abasolo, Guanajuato y que durante las noches ponía la oreja sobre los rieles para sabe si ya iba a pasar el tren. También le contó que la gente acostumbraba llevar gallinas, guajolotes, borregos así como muchos otros animales y objetos durante su viaje en tren.

Con ese ánimo inició el viaje con su mamá y hermanos pero, en lugar de animales, encontró a la gente con maletas de diversos tipos, durante todo el viaje procuró no moverse para que no se abriera el gabán que le habían puesto para evitar el frío en la noche, pues el viaje era nocturno para llegar a la ciudad de México por la mañana del día siguiente.

Esa noche la pasó en vela y no por incomodidad, frío o alguna molestia sino porque disfrutaba ver las luces que a lo lejos parpadeaban y le indicaban que había una casa además de lo llamativo de los adornos navideños, desde entonces le gusta esta festividad.

Cuando atravesaban por le territorio que corresponde al Estado de México y debido al intenso frío exterior, era casi imposible ver a través del cristal, lo limpió y al asomarse vio todo blanco, no sabe a ciencia cierta si fue nieve o escarcha de helada pero de cualquier manera para él, fue todo un descubrimiento.

Si, yo también fui usuaria del ferrocarril mexicano del Sur que inició su construcción el 9 de septiembre de 1889 y se inauguró en noviembre de l892, tiempo record debido a todos los problemas de orden técnico que debieron sortearse, pero con tecnología extranjera y rieles fabricados en Inglaterra, todo se solucionó.

El servicios tenía muchísimo funcionado cuando era pequeña y lo utilizaba para ir con mi abuela de vacaciones al lugar en que vivía mi abuelo ( Papá Arturo) o cuando fui de acompañante para que una de mis tías se viera a escondidas con el novio a la población de Cuicatlan.

Esta es una fotografía antigua de lo que fue la estación ferrocarrilera en Tehuacán de la que partíamos antes del amanecer rumbo a Oaxaca.

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Supongo que a la estación que llegábamos era la de Ignacio Mejía, ésta era una delegación de Teotitlán del Camino, ahora de Flores Magón. Dado que para hacer el resto del recorrido no había otro tipo de trasporte, nos enviaban caballos, como era muy pequeña, en lugar de montarlos, me colocaban en una gran cesta para que fuera cómoda y aprovechara para echarme un sueñito, pues siempre había desmañanada cuando debíamos tomar el ferrocarril.

Bueno pero como para el caballo era problema cargar de un sólo lado, le colocaba dos cestas y la del lado contrario al mío recibía dos grandes piedras que permitieran equilibrar el peso, el movimiento acompasado y el calor sofocante hacia que me quedara profundamente dormida hasta que llegábamos a la tranca de la casa familiar.

Salía alguno de los trabajadores para quitar los morillos que, atravesados sobre una horquetas, hacían la vez de puerta al lugar en que pastaban los animales de carga, en cuanto me bajaban corría emocionada para pasar al lado de las parras que arrastraban sus enormes racimos de uvas, y encontraba la pequeña reja de madera que permitía acceder al amplísimo corredor en que se localizaban: el comedor, dos hamacas y el espacio para vaciar la cosecha de mango, chicozapote, aguacate o limón, según fuera la temporada.

Esta es la forma en que viajaba en los antiguos trenes, después tuve la ventaja de usar los de pasajeros y de primera, realicé viajes en diversas rutas y ferrocarriles: el Tapatío, el Zacatecano, el Purépecha y el que hacia el recorrido Guadalajara-Manzanillo, pero de ellos comentaré en otra ocasión.

En cuanto a la existencia del ferrocarril uno de mis tíos, Leno, me comentó:

También me acuerdo cuando vi llegar por primera vez el Tren de pasajeros en la parada de Ignacio Mejía, por poco y me meto debajo del vestido de mi mamá de la Impresión que me lleve al ver llegar pitando …semejante máquina negra echando vapor por los lados y humo por arriba y el temblar de la tierra, aaaa¡¡¡ y ya como pasajero ver pasar al garrotero, pasaba vendiendo unos panecillos unitarios similares a los colchones de bimbo, y unas cosas de varios colores “gelatinas” que casi brincaban  y comérmelos únicamente con la vista  por temor de pedírselos a mi papá.

Otra tía, Clara, recuerda vividamente que para el medio día, se vendían refrescos que para los años 50 eran toda una novedad, ya se podrán imaginar, después de viajar horas en vagones sin ventilación, a temperaturas de entre 30 y 40 grados, el que pasaran vendiendo refrescos cuyo envase goteaba por estar recién salidos del refrigerador, debió ser más que una tentación, no recuerdo la marca de los refrescos pero a mi tía aún, después de tantísimos años, le queda esta escena indeleblemente marcada en el recuerdo.

Existieron tantas formas de “vivir” el viaje en ferrocarril como personas lo usamos, y ustedes que experiencias tuvieron?

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5 respuestas a El ferrocarril y las múltiples realidades vividas y/o encubiertas.

  1. Teresa Gpe. ibarra dijo:

    soy maría Micaela Gutiérrez serratos…. del bachillerato sabes santa teresa .me gusto por la información k aquí se resume la historia k se cuenta de la evolución de ferrocarril

  2. ambaramarillo@hotmail.com dijo:

    Pues debes tener infinidad de anécdotas sería bueno puedas compartir alguna para solas de qienes leámos.

  3. Vida dijo:

    Que belleza de texto!!! gracias por recordarme a mi abuelito, mi papá Chato que fue testigo de terribles explosiones y salvó la vida de milagro🙂 mi abuela también nos contaba de cuando vivieron en el Oro🙂 en Sultepec, y aca en Toluca. Gracias mil, nuevamente por no dejar morir el recuerdo en la memoria.

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